3.- LA DECORACIÓN MUSIVARIA
ICONOCLASTAS E ICONÓDULOS
El emperador
León III el Isaurio prohibió la adoración de las imágenes que representaban a Cristo y a los santos en
726. Lo hizo por razones de orden religioso y político. Su hijo,
Constantino V
(741-775), heredó un grave enfrentamiento entre la población mayormente
a favor del uso de imágenes y la postura oficial, que finalmente
concluyó utilizando su poderío militar.
Tras el segundo
concilio de Nicea en
787 se afirmó la veneración de iconos, con base en la
encarnación de Jesucristo en hombre.
El emperador
León V (813-820) instauró un segundo periodo de luchas en
813, continuado por los siguientes emperadores hasta
Teófilo. Al morir este, su esposa
Teodora movilizó a los
iconódulos y proclamó la restauración de iconos en
843.
El gusto por la riqueza y la suntuosidad ornamental del arte
bizantino, eminentemente áulico, exigía el revestimiento de los muros de
sus templos con mosaicos, no sólo para ocultar la pobreza de los
materiales usados, sino también como un medio para expresar la
religiosidad y el carácter semidivino del poder imperial (
cesaropapismo).
De la Primera Edad de Oro destacan el conjunto más importante es el de Rávena, que enlaza con los mosaicos paleocristianos del
siglo V:
en las iglesias de San Apolinar Nuevo y San Apolinar in Clase se cubre
sus muros superiores con mosaicos que representan, en la primera un
cortejo procesional, encabezado por los
Reyes Magos, hacia la Theotokos o Madre de Dios, en la segunda, en el ábside, se muestra una visión celeste en la que
San Apolinar conduce un rebaño.
La obra maestra de del arte musivario, es sin duda alguna, el
conjunto de mosaicos de San Vital de Rávena, compuestos hacia el año
547,
y en los que se representan varios temas bíblicos y en los laterales
del ábside los grupos de Justiniano y de su esposa Teodora con sus
respectivo séquito.
Terminada la lucha iconoclasta, a mediados del
siglo IX
es cuando verdaderamente se configura la estética bizantina y su
iconografía. Surgirá una nueva Edad de Oro, la segunda, que supondrá el
apogeo de las artes figurativas, irradiando sus influjos al
arte islámico, por entonces en formación, y al naciente arte románico europeo.
Las figuras acusan una cierta rigidez y monotonía, pero muy
expresivas en su simbolismo, con evidente desprecio del natural y las
leyes espaciales; son alargadas y con un aspecto de cierta
deshumanización.
Los nuevos tipos iconográficos se adaptan simbólicamente, según un programa prefijado (
Hermeneia), a las diferentes partes del templo: el
Pantocrátor (Cristo en Majestad bendiciendo) en la cúpula, el
Tetramorfos (cuatro evangelistas) en las pechinas, la Virgen en el ábside, los santos y temas evangélicos en los muros de las naves.
Los modelos más repetidos son las figuras de
Cristo con barba partida y edad madura (modelo siríaco) y de la Virgen que se presenta bajo diversas advocaciones (
Kyriotissa o
trono del Señor en la que sostiene sobre sus piernas la Niño, como si fuera un trono;
Hodighitria, de pie con el Niño sobre el brazo izquierdo mientras que con el derecho señala a
Jesús como el camino de salvación - es el modelo desarrollado en el gótico -; la
Theotokos, o Madre de Dios, ofrece al Niño una
fruta o una flor; la
Blachernitissa o
Platytera con una aureola en el vientre en el que parece el Niño indicando la maternidad de la Virgen).
Otros temas muy repetidos son la Déesis o grupo formado por Cristo con la Virgen y
San Juan Bautista,
como intercesores, y los dedicados a los doce fiestas litúrgicas del
año entre las que destaca la Anastasis o Bajada de Cristo al
Limbo, el Tránsito de la Virgen, la Visón de Manré, es decir, la aparición de los tres ángeles a
Abrahám, simbolizando la Trinidad.
Durante la Tercera Edad de Oro el mosaico continuó en uso hasta el
siglo XIII,
en esta época se enriquece la iconografía de los ciclos "marianos", de
los santos y evangélicos, a la vez, que por influjos italianos, se
aprecia una mayor libertad compositiva y una evidente manierismo en las
estilizaciones.
Destruidos los mosaicos de
Constantinopla quedan como únicas referencias los de
San Marcos de Venecia,
con abundante empleo del dorado que ejercerán un marcada influencia
en las obras góticas de Cimabue, Duccio y otros pintores italianos.
La pintura sustituye al mosaico en esta Tercera Era, contando con
el precedente de los interesantes conjuntos de iglesias rupestres de
Capadocia, en Asia Menor.
Son importantes los talleres rusos de Novgorod y Moscú, donde trabaja Teófanos el Griego, fresquista y pintor sobre tabla en el
siglo XIV y en la centuria siguiente destacan como obra maestra la
Virgen de Vladimir (Moscú) y el monje Andrés Rublev o Rubliov especialmente a través de su icono de la Trinidad, este icono del
siglo XV
es considerado como el más importante icono bizantino de la escuela
rusa, representa a la Trinidad a través de la escena bíblica llamada
visión de Manré, es decir tres ángeles que se aparecen al patriarca
Abrahám. Se caracteriza por el aire melancólico, de intensa
espiritualidad, en la que el
ángel del centro, con
túnica roja, se cree que representa a Cristo con un árbol al fondo; el de la izquierda representa a Dios Padre y el de la derecha al
Espíritu Santo.
La perspectiva es típica del tipo bizantino, es decir, inversa,
abriéndose las líneas conforme se alejan de los ojos del espectador.
Algo más tardía son las escuelas veneciana y cretense donde destacó
Andrea Riccio de Candia, a quien se atribuye la creación del famosísimo icono de la
Virgen del Perpetuo Socorro.
La pintura de iconos ha seguido manteniéndose durante toda la
Edad Moderna, tomando como referencia estética los caracteres de la
pintura bizantina clásica, que se impone a las influencias italianas.
Las colecciones de iconos más completas se encuentran en la galería Tretiakov de Moscú, en el museo Pushkin de
San Petersburgo, en la catedral de
Sofía (Bulgaria) y en el museo de iconos
La Casa Grande de
Torrejón de Ardoz (Madrid). En la catedral de Cuenca se encuentra el díptico de los déspotas de Epiro correspondiente a la escuela yugoslava.
Paralelamente se desarrolla la realización de miniaturas para los
códices purpúreos, llamados así por el uso de fondos de púrpura. De la
primera época es el Génesis de Viena, del
siglo V, los evangeliarios de Rábula y de Rossano, ambos del siglo siguiente.
En las etapas siguientes destacaron los salterios con abundantes
representaciones en toda la página o en los márgenes llenas de sentido
narrativo. Destacan el Menologio de Basilio II (Biblioteca Vaticana) y
el tratado de Cinegética de Oppiano (París).
En las artes suntuarias sobresalieron gracias al ambiente cortesano bizantino.
Las labores textiles se inspiraron en los modelos sasánidas
(motivos encerrados en círculos); en la orfebrería sobresale el uso de
los esmaltes sobre metales preciosos, siguiendo la técnica del tabicado o
alveolado de origen germánico, en el que los colores se separan por
filamentos de oro. La obra maestra de la orfebrería es la Pala de Oro,
San Marcos de Venecia o el icono esmaltado de
San Miguel del mismo templo.